Objetividadperiodistica

Intentando homenajear (torpemente) con el título de este post al gran periodista y escritor que recientemente ha cumplido 80 años y, en concreto, a uno de sus más célebres libros, me adentro muy superficialmente sobre el pantano de la objetividad periodística. Ese santo grial de nuestra profesión que en esta era que nos está tocando vivir (por suerte, opino), en la que los ciudadanos se pasean por las redacciones virtuales con un café en la mano y su noticia bajo el brazo, es un feliz abrevadero.

Hacía ya tiempo que no gastaba voz y teclado en discutir acerca de su supuesta existencia, dentro del concepto tradicional periodístico. Pero ahora, y desde mi trabajo diario actual, me ha vuelto a visitar la ‘santa compaña’ para ir en busca (otra vez) de la objetividad, para llevarla al reino de los muertos. Esta vez dicen que la ha matado el ciudadano, que es como decir que el cliente mata la tarnera de su big mac al morder la hamburguesa.

¿Se puede aplicar la misma -vieja e inútil, como se ha demostrado- vara de medir la objetividad al periodista tradicional y al periodista ciudadano? ¡Si de nada nos valió a nosotros! Una cosa es la veracidad, la fiabilidad, la confianza, y otra la amalgama de la objetividad. Los hechos no son algo puro, dado, objetivo y externo al observador que los percibe. La percepción de un acontecimiento y su simple verbalización -no digamos ya su procesamiento para convertirlo en noticia- es una actividad interpretativa, un proceso constructivo realizado por el receptor de los estímulos.

El periodista profesional, además, no interpreta para él. Muy pocos lo logran gracias a que su talento es más ancho que larga la cuerda con la que le rodea su medio. Todos sabemos lo que eso implica, no hace falta que lo explique.

Si tomamos como buenos los dos argumentos anteriores, ya sólo nos falta una última prueba para la inocencia, la coartada exculpatoria del ciudadano: éste, al menos, la cuerda que le ata, en este caso más bien el cordón umbilical que le alimenta, es el de su entorno, su gente, su barrio, su ciudad... la sociedad.

Si no discutimos que el periodismo es un servicio público (entendido lógicamente como que ha de servir a la sociedad), si aceptamos que de los hechos sólo puede existir su percepción, y si entendemos que el cordón que ata la percepción del ciudadano es el mismo que al fin y al cabo nos alimenta a todos, y no sólo a los dueños de los medios, creo que hallamos la verdad del caso: el ciudadano produciendo información, en todo caso, es un brillo de ese santo grial, que no existe, pero que representa la ética y la moral de la sociedad a la que el periodismo, al fin y al cabo, ha de servir.

¿No?