Si digo que emprender es muy difícil, descubro América. Si digo que en España lo es más, descubro la rueda. Si añado que emprender en España y en Internet es más difícil aún, ya no queda nada por descubrir.

Hablo desde la perspectiva de quien no pertenezca a ningún tipo de realeza social. No apellidos. No contactos iniciales. No dinero ni familia con posibles.

Recuerdo una de las frases con que Zapatero cerró el debate del pasado lunes. Frente a la ya famosa niña de Rajoy, el presidente dijo: “No puedo garantizar que las personas tengan éxito. Pero sí que todas tengan las mismas oportunidades para lograrlo. Y para las que no, ahí estará el Estado para ayudarles”. Me gustó, porque representa los ideales de igualdad y justicia que quiero para la sociedad que nos ha tocado vivir.

Su primera parte es evidente: estaría bueno que él pudiera garantizar el éxito de todos los españoles. La segunda, como intención, me la creo. La tercera, con matizaciones, también. La cuestión es que no sabría si la segunda pasa de la intención. Y no lo digo irónicamente. Realmente, no estoy seguro.

Personalmente creo que hay un sector de la población que no lo tiene fácil, y me ciño al emprendimiento, porque en general debería hablar de los inmigrantes, los desempleados con más de 40 años, las mujeres, etc.

Si me ciño al tema, creo que España es un país que no trata demasiado bien a su juventud.

Se la idolatra estética y comercialmente. La juventud española es más mediática que nunca, pero no por lo que és y hace, sino por lo que representa en las almas del resto de la sociedad y en las cuentas de resultados de las grandes empresas.

Los jóvenes españoles están mejor formados que nunca. Tienen una cultura superior no sólo a sus padres cuando tenían su edad, sino, en general, a la de sus padres ahora mismo. Y, pese a la rémora católica del pecado eterno, del fracaso como imperdonable, la juventud española es emprendedora, quiere innovar. Innovar conlleva cambio, y aunque muchos no lo crean, la juventud española no está adocenada. Quiere cambiar el mundo, como querían hacerlo sus padres, pero a su manera, una forma que aquellos no entienden y traducen como adocenamiento y frikismo.

En consecuencia, ¿para qué darles herramientas? ¿Para qué favorecer su creatividad? Y, sobre todo, ¿para qué creer en ellos, invertir en ellos, en que investiguen, en que creen. En que emprendan?

Puede sonar a queja y no lo es. También somos muy dados a interpretar las reivindicaciones como quejas: “míralos, tienen de todo y ahí están, todo el día quejándose, en lugar de trabajar”. Trabajar, para un joven, por lo visto, debe ser hacerlo en un pizza hut o de becario eterno hasta que deja de serlo.

Creo que en estas señaladas fechas, que esa generación precedente tanto gusta de calificar como la ‘fiesta de la democracia’, valdría la pena pararse un poco y pensar: ¿Y si les damos unas zapatillas? Igual resulta que sí saben correr.

Si algo ha necesitado siempre la juventud ha sido una oportunidad. Démosle un par de zapatillas.