Prev: Hace unos meses, Mónica Ibáñez, miembro del comité de redacción de la Revista Tierra, del CERAI, me pidió que escribiera un artículo para el número de invierno, cuya versión digital se puede descargar ya. A Mónica la conocí en en las jornadas ‘Material Sensible’, la pasada primavera en Valencia. Es un encanto, así que pensé en cómo transmitir a un público extramuros de la profesión mi visión sobre el futuro de la misma. Y me salió esto:

Imagen de la campaña por la Libertad de Expresión de la WAN en 2007

Imagen de la campaña por la Libertad de Expresión de la WAN en 2007

El periodismo aún no está muerto

En una era en que todo parece cambiar a una velocidad de vértigo gracias a la socialización de las nuevas tecnologías, existe una profesión que tiene una oportunidad histórica para redefinirse, buscar un hueco en la nueva sociedad del conocimiento y volver a ser útil a una comunidad que comenzaba a darle la espalda.

Recientemente tuve la suerte de pasar tres días con nueve jóvenes emprendedores sociales y conocer sus proyectos, sus aportaciones personales –o colectivas, en algunos casos- a la tarea común que como ciudadanos del mundo deberíamos tener en nuestra lista de objetivos vitales: hacer de este mundo algo un poco mejor cada día.

Son jóvenes menores de 30 años que emprenden pensando no en una cuenta de resultados económicos, sino sociales. Todos estábamos juntos en la entrega del I Premio Emprendedores Sociales[1], organizado por la Universidad Europea de Madrid y la International Youth Foundation.

Comienzo así porque conociendo sus fantásticas tareas (desde diagnosticar problemas de salud dental a personas disminuidas psíquicas a crear debate y conocimiento acerca de los objetivos del milenio entre chavales de instituto), la mayoría de ellos tenía en Internet una herramienta si no fundamental, sí ímportante, dentro de su estrategia. Son jóvenes y utilizan la Red de manera natural, conscientes de que en su tarea de cambiar poco a poco el mundo, Internet es un motor de extraordinaria potencia.

El fin de la burbuja de las ‘puntocom’ a principios del presente milenio ya nos demostró que la Red era mucho más que un simple espejo donde reproducir el modelo social y económico imperante sin más. Hoy, con los nuevos desarrollos tecnológicos, y, fundamentalemente, gracias al impresionante auge del software libre –el mayor hito de colaboración colectiva de la humanidad y que por suerte cada día es más apoyado por la Administración Pública[2]-, existen multitud de herramientas que permiten al ciudadano liderar, o cuanto menos, participar, en diferentes proyectos sociales.

No son necesarias grandes sumas de dinero, a veces no hace falta ni un céntimo. Y lo mejor de esta nueva realidad es que es expansiva y heterogénea hasta un límite aún por divisar. Y, como no, el periodismo y los medios de comunicación no son ajenos a esta revolución social. El denominado ‘cuarto poder’ se democratiza y aún no está claro si los grandes medios de toda la vida sabrán –o querrán- encontrar su sitio.

Hasta hoy, la conformación de la ‘Opinión Pública’, ese ente abstracto y tan crucial para el sustentamiento de las democracias occidentales, era prácticamente monopolio de dichos medios. Ha sido así prácticamente desde que Gutenberg inventara los tipos móviles en el siglo XV e imprimiera las primeras biblias que no requirieron las manos y la cansada vista de los monjes copistas.

Casi 600 años después apareció la Red, y pocos años después, los gestores de contenidos (CMS, del inlglés ‘Content Management System’) abiertos y libres, como los que hacen posible la existencia de los archipopulares blogs.

Esta revolución supuso que millones de personas, hasta entonces relegadas a solamente consumir los contenidos e informaciones que acaban conformando la Opinión Pública, pasan a crearlos también. Y no sólo eso. Después de crearlos invitan a todos los demás a discutirlos a través de los comentarios abiertos. Y se discuten. Y gracias a tecnologías como los ‘trackbacks’[3] –enlaces entrantes-, se citan unos a otros, comenzando a crearse así las primeras redes de personas interesadas en compartir y debatir conocimientos concretos.

Se pasa, pues, de una sociedad donde la información es un bien escaso que sólo suministra la industria mediática a una sociedad hiperinformada donde existe una economía de la ‘sobreabundancia de la información’, y donde ésta carece de valor por sí misma, adquiriéndolo por el uso que la sociedad conectada hace de ella.

Las noticias ya no nacen y mueren con su publicación. Los propios ciudadanos conectados pueden ampliar, mejorar y hasta corregir dichas informaciones: tienen las herramientas. Por si fuera poco, tras el éxito de los blogs, llega el auge de las redes sociales[4], una evolución más sofisticada que mediante herramientas digitales permite a personas sin absolutamente ningún conocimiento de informática crear sus propios perfiles en la red e interactuar, a través de ellos, con otras personas de cualquier lugar del mundo.

Tenemos, pues, una sociedad hiperinformada e hiperconectada. Hoy son sólo unos pocos millones de personas las que tienen y usan este poder, pero si logramos que la Red siga siendo neutral[5] y la Administración Pública logra reducir la ‘brecha digital’[6], mañana la penetración de la Red y su uso más avanzado (el participativo) será mayoritario en nuestra sociedad. ¿Alguien cree que en un marco así tiene sentido pretender ejercer el monopolio en la configuración de la Opinión Pública?

Los medios de comunicación tradicionales están ligados en su mayoría a grandes corporaciones empresariales. Es lógico y comprensible. Lanzar y mantener un medio en la era de la escasez de la información era muy costoso y se requería de una importante acumulación de capital privado –o público, como pasa con la corporación de RTVE o las radios y TV autonómicas-.

Además, la mediática no es una industria que se haya distinguido en general por ser muy rentable por sí misma y en términos extrictamente económicos. O al menos no tan rentable como otras. La rentabilidad se ha compuesto siempre de una fórmula donde los ingresos directos han compartido protagonismo con el intangible enorme que proporcionaba el ser partícipes de la gestión de la Opinión Pública, elemento indispensable para cualquier actividad social -incluida, claro está, la política- en nuestras democracias.

El nuevo panorama que hemos expuesto anteriormente nos dibuja un horizonte donde ese modelo parece debilitarse, y con él, la profesión de periodista profesional parece que pudiera quedar anacrónicamente desfasada. ¿Existe algún remedio para evitarlo? ¿Qué precio hay que pagar?

La respuesta a la primera pregunta es más que evidente: sí, y sólo hay que abrir bien los ojos para darse cuenta que el periodismo como profesión, más allá de el medio donde se ejerza, tiene un futuro brillante. Lo único que le separa de él es la ligadura que aún le ata a ese modelo empresarial que, salvo excepciones, pierde fuerza[7].

Ocurre algo parecido a lo que pasa con los artistas y las discográficas: parece que la cultura libre que nos facilita Internet esté acabando con la creación y la cultura, cuando en realidad lo único que ocurre es que ha llegado a su fin un modelo de negocio, el de la venta de música empaquetada y cuyo mayor beneficio lo obtiene el empaquetador y no el creador, quien ya puede distribuir su arte directamente a su público objetivo.

El periodista también puede hacerlo. Existen modelos de negocio abiertos[8] que le pueden permitir crear una estructura económica básica para trabajar. Y lo más importante, existe una enorme comunidad de personas con ganas de aportar su visión de la realidad, de construir una agenda informativa diferente.

La profesionalidad de unos para gestionar la información, editarla, verificarla y contrastarla; unida a las ganas y el conocimiento de la audiencia activa(“mis lectores en su conjunto saben más que yo solo”[9]) y todo ello funcionando sobre herramientas abiertas y libres, sin monopolísticas licencias de uso imuestas por la vieja industria del software, construyen un contexto ideal para la salvación del periodismo.

Una receta que, si nos fijamos, no tiene nada de nuevo. Se trata, al fin y al cabo, de recuperar lo mejor de la esencia de una profesión: el servicio público. El contexto es favorable. Las maneras de conseguirlo pueden seguir muchos modelos concretos y tan sólo se trata de emprender y probar. Hacerlo es una manera de amar este trabajo tan apasionante que siempre ha sido y será contar historias. Y esta vez, a varias voces.

Ver artículo en la revista Tierra (pág. 46)

Fotografía: Imagen de la campaña por la libertad de prensa de la WAN 2007


[3] De la Wikipedia: “un enlace inverso que permite conocer qué enlaces apuntan hacia un determinado post; de ese modo avisa a otro weblog que se está citando uno de sus posts”. http://es.wikipedia.org/wiki/Trackback

[4] Ejemplos de redes sociales de gran éxito en nuestro país: http://facebook.com o http://tuenti.com

[5] Véase una explicación de los peligros que acechan a la neutralidad de Internet: http://www.uberbin.net/archivos/rants/cerrando-internet-centavo-a-centavo.php

[6] Brecha digital es una expresión que hace referencia a la diferencia socioeconómica entre aquellas comunidades que tienen Internet y aquellas que no, aunque tales desigualdades también se pueden referir a todas las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC), como el computador personal, la telefonía móvil, la banda ancha y otros dispositivos. http://es.wikipedia.org/wiki/Brecha_digital

[7] Se acelera el cambio de modelo de negocios en los medios. Ver post de Juan Varela: http://periodistas21.blogspot.com/2008/01/acelera-el-cambio-de-negocio-de-los.html

[9] Famosa cita de Dan Gillmor, considerado uno de los principales teóricos del denominado ‘Periodismo Ciudadano’: http://www.hypergene.net/wemedia/espanol.php?id=P53