Vista de una de las zonas de carga del puerto de Shanghai

Vista de una de las zonas de carga del puerto de Shanghai. Se supone que esta visión debería haber sido el sueño de toda una vida cumplido.

Es el colmo de nuestra era. Otro de tantos muchos.

Zhang, un joven chino de 22 años abandonó su tierra interior el año pasado para trabajar en la fábrica del mundo, Zhejiang, al este de China. La crisis le dejó hace poco en la calle y gastó lo que le quedaba en buscar otro trabajo. Como no lo encontró, pensó que de perdidos al río. Y nunca mejor dicho, porque como su sueño desde la infancia era ver el mar, decidió meter sus pocas pertenencias en una bolsa y seguir el curso del río Yangtsé hasta dar con el mar en su desembocadura.

Para ello recorrió 250 kilómetros a pie. Sin dinero, mendigando.

Cuando por fin llegó a su desembocadura, en Shanghai, la policía, al verle lleno de harapos y mojado por la lluvia y el río, lo detuvo. Lo llevaron a la estación de autobuses y lo facturaron hacia su tierra interior.

No sabemos qué concepto sobre el mar atesoraba Zhang en su mente hasta ese momento. Seguramente lo imaginaría muy bello: era una ilusión. Pero apenas llegó a divisar la zona de contenedores de carga del puerto más fabril del mundo. Quizá lo menos parecido al concepto que ningún ser humano tiene del mar.

Ahora Zhang, tras haber perdido su empleo, sus escasos ahorros y suponemos que bastante energía tras su periplo, pierde además algo que lo acompañaba desde pequeño. Un sueño puro. Una ilusión prostituida también por un sistema tan humano como lo es un rodamiento.

Foto (cc): Detlef C