El impresionismo, un movimiento artístico considerado en su momento enormemente innovador, debe su nombre a este cuadro de Monet "Impresión: sol naciente"

Hoy he comido con un amigo que es artista, trabaja en su taller allá en mi pueblo, y ha venido a Madrid para visitar Arco, entre otras cosas. Es de mi quinta (en los pueblos somos muy endogámicos con la edad), se puede decir pues que joven aún, pero con mucho futuro. Habrá que ir pensando en comprarle algo. El tema es que muchas veces, sobre todo las que -como hoy- son fuera del ambiente del pueblo, aquí en Madrid, cuando hablamos acabamos tejiendo paralelismos entre lo “suyo”, el arte y su mundillo, y lo “mío”, el periodismo y su órbita. Y es gracioso, porque en ambas galaxias hay actores y problemas similares.

Por ejemplo, las galerías de arte. Mi amigo, que se llama Agustín -como mi padre-, me explica la importancia que tienen: las galerías son las que apuestan por el artista, y éste, solo, jamás podría exponer en un lugar como Arco, por ejemplo, pues montar un stand cuesta una fortuna, aunque la crisis no es ajena al sector. El objetivo de un periodista es que su trabajo llegue al máximo número de público posible e históricamente la única vía han sido los medios, pienso yo mientras tanto.

Agustín sigue y me cuenta que si su obra está con una galería, no debe venderla directamente a un coleccionista que acuda a él tratando de evitar la comisión de la galería, después de haber visto su obra en ella, cosa que por lo visto sucede bastante. Casi siempre el periodista también tiene contrato de exclusividad, sobre todo para con medios del mismo sector o ámbito, máxime si son competencia directa, me digo mientras me lo cuenta

Por otro lado, mi amigo cree y argumenta muy bien que el arte no es en realidad elitista, desde luego no todo. Me cita varias experiencias de galerías que tratan de abrirse a la sociedad, y que comprar arte no tiene por qué estar sólo al alcance del famoso 1%. Dice que hay gente que por mucho que les facilites el acceso, no tienen interés en el arte. Y pienso en las cifras de lectores de periódicos en constante declive, tanto que en EEUU el papel del culo ya vende más que el papel que se usa para imprimir diarios.

Le propongo a Agustín que sería buena idea crear una plataforma que permitiera la compra comunitaria de arte, en acciones. Mi argumento es que quizá el 80% de la sociedad no tiene interés en el arte, y que quizá hay un 5% que sí y, si no compra, al menos va a exposiciones y se informa, y que quizá el restante 15% esté en un medio camino en el que la falta de una oferta basada en el coste de oportunidad les hace difuminarse entre el 80%. Si les ofreciéramos una alternativa asequible a su coste de oportunidad, quizá podrían engrosar las filas del 5%, que se triplicarían.

El asunto sería que los artistas subieran representaciones de su obra a la plataforma y que esta dispusiera de buenos críticos y especialistas que evaluaran la obra, más que nada para evitar que gente como yo subiéramos nuestros garabatos hechos con el iPad. Habría dos tipos de usuarios: artistas y coleccionistas. Guiados por nuestros propios gustos y por las críticas de los especialistas en la propia plataforma y en blogs, twitters y pinterests, podríamos escoger invertir en determinadas obras y crear así nuestra colección. Yo podría decidir invertir 150 euros en arte al año, por ejemplo, y tener mi colección. Tendría el % correspondiente de cada obra en la que habría invertido. Recibiría, a cambio, por ejemplo, representaciones físicas de la obra a escala, y seguro la parte proporcional a mi participación en caso de venta a gran coleccionista, museo, etc.

Creo que mucha gente que no se ha planteado nunca adquirir arte comenzaría a hacerlo. Alguien con una nómina de 1.500 euros no se plantea ahora comprar arte, porque invertir dos o tres veces su nómina en una obra no lo ve posible teniendo antes una hipoteca, letras del coche, etc. Pero si el coste de oportunidad se estrecha y para ser coleccionista solo necesita dejar de cenar fuera con su pareja dos o tres noches al año, es otra cosa. Y sobre todo, sería un magnífico trampolín para los artistas más jóvenes. Ya saben, la firma y el estrellato pesa muchísimo en este mundo a la hora de tasar. Como en el periodismo actual, vaya.

Pero, ¿y las galerías?

¿Cuál es el coste de oportunidad de los consumidores de noticias de pagar por ellas? Si desde hace años no pagan por ellas en la Red  y si las fuentes se han multiplicado y, en cambio, pagando 15 euros al mes pueden ver un catálogo de más de 1.600 películas en Filmin, está claro que el coste de oportunidad es mucho más elevado si decidimos gastárnolos, por ejemplo, en una suscripción a Orbyt.

Pero, ¿y los medios?

Creo que al igual que hemos visto con los actores (las galerías, los medios) y los problemas (llegar al público, ser rentables), en una posible solución o camino a seguir su mundillo, el arte, y mi órbita, el periodismo, vuelven a coincidir para cuadrar este círculo  impresionista. Creo que el coste de oportunidad del periodismo respecto a los medios tradicionales tal cual siguen concebidos hoy es demasiado elevado y en varias direcciones. Para los lectores, porque teniendo las fuentes directas cada vez más cerca y abiertas de ellos, están consumiendo sólo la información que un medio, con sus legítimos intereses, está seleccionando a su criterio. Para los periodistas, porque no hace falta que hablemos de la precariedad laboral y de los contínuos despidos y abusos sobre los becarios.

Internet, tanto para unos (los artistas), como para otros, (los periodistas), ha hecho aumentar considerablemente los costes de oportunidad de mantener los statu quo de sus respectivos “mundos”, con sus intermediarios, que por otra parte, siguen sin un modelo de negocio claro para esta nueva era.

El arte no morirá (no puede). El periodismo tampoco (no debe).