Desde las primeras noticias del desgraciado accidente de tren en Santiago se ha suscitado un sano debate (siempre es sano debatir) en torno a la ética periodística. Algunas personas, seguramente pensando en los familiares de las víctimas y con muy buena intención, han puesto el grito en el cielo acerca de ciertas coberturas periodísticas del accidente, al considerarlas excesivas en cuanto a evidentes o, incluso, morbosas.

Me gustaría participar en este debate con una breve opinión.

Contar una noticia como la del accidente de tren en Santiago sin transmitir dolor y desgracia en un marco de obvia tragedia sería falsear la realidad. [tweetable]La “dictablanda” de lo políticamente correcto se endurece año tras año[/tweetable], y me pregunto si ello no nos lleva, en el fondo, a lo contrario de los argumentos que se esgrimen contra ciertas coberturas: que en lugar de ser tan sensibles como para no querer ver según que cosas (la jodida realidad, la vida, esa en la que somos tan frágiles aunque se nos olvide), acabemos insensibilizándonos, viendo accidentes como este como quien ve un error en el ordenador, contando víctimas como números: sin rostro, sin futuro, sin pasado. Sinceramente, conocer, aunque sea brevemente, los perfiles de las personas que han muerto, sus presentes, sus planes de futuro, como hace por ejemplo este tema en Elpais.com, yo lo necesito. Todos, aunque no seamos ni familiares ni amigos, tenemos un duelo que pasar. Obviamente no se pueden comparar. Pero lo tenemos, y para asimilarlo necesitamos información real. Somos una sociedad y con esta desgracia hemos perdido a 78 miembros de ella. Si no fuera así, si no tuviéramos ese duelo, entonces sí, entonces sí sería triste.

Todo lo anterior no justifica cierto tipo de “periodismo” visto en magazines mañaneros y algunos medios infames, que por otro lado ya nos tienen acostumbrados a su contumaz obsesión por hundir del todo nuestra profesión. Ni blanco ni negro. Equilibrio, responsabilidad, delicadeza y respeto para las familias que no desean compartir estos momentos con nadie, pero información real, porque la vida real, a veces, es una puta mierda, y esconder la cabeza no la hará mejor.